PREMIOS NITSUGA Edición INVIERNO /26
PREMIOS NITSUGA II
Edición INVIERNO /26
Día 28.febrero.2026
Recordatorio
Escrito. Máximo 3.páginas
Materia de libre elección
Puntuación >
Se puntuará la ⁸suma de
el que guste mas > 3 puntos
el.más original. > 2 puntos
el mejor escrito. > 1 punto
Procedimiento
1. El escrito se enviará a la Abuela para que ésta lo tenga, como más tarde, 4 días laborables antes de la reunión.
2. La Abuela remitirá todos los escritos a todos los que los hayan enviado en tiempo, 2 días antes de la reunión. Este envío se realizará sin indicar su autor, que será sustituido por una clsve
3. Cada uno de los concursantes valorará los escritos de los demás, puntuándolo -sin conocer el autor- según las normas antes indicadas y devolviéndolos a la Abuela con expresión de las notas dadas a cada escrito, según la clave, por cada uno de los tres aspectos a considerar.
4. No se tendrán en cuenta los escritos de los concursantes que no hayan devuelto las calificaciones un día antes de la reunión.
5. El día de la reunión la Abuela dará a conocer las calificaciones otorgada a cada escrito por cada uno de los concursantes.
6. Ls suma de ellas determinará quién ha sido el GANADOR, y el Abuelo entregará el premio al autor, quien podrá leer su trabajo.
7 .Los premios se entregarán e. Metalico
NOTA FINAL 24.02.26
Hoy vence el plazo para enviar a la Abuela el trabajo de quien desee participar en el Concurso "Premio NITSUGA"
No entrarán en votación los que no hayan llegado al móvil de la Abuela cuando el reloj marque las 24 horas, pues la demora de uno solo impediría. A los Abuelos leer y devolver los escritos en el tiempo establecido
Si los demás lo aceptan, podrán ser leídos los recibidos fuera de plazo,
pero no, puntuados.
Luego, cuando la Abuela los devuelva, recordad: 1voto para valorar cada uno de los 3 aspectos que se consideraron en cada trabajo.del 1 al 3. Y como máximo, 9.
1º Genealogía del Cariño - Carlos
En casi todas las familias existe un árbol genealógico. Un esquema lleno de nombres, fechas y apellidos que intenta explicar quién viene de quién, como si el amor pudiera organizarse con líneas rectas.
Pero en esta familia existe otro árbol mucho más importante.
Uno que no se dibuja. No se imprime. No se cuelga en la pared.
Se construye.
Se construye con sobremesas largas, con cafés que se enfrían, con partidas que se alargan más de lo previsto y con una mesa que, haga lo que haga el calendario, siempre acaba llena.
Ese es el árbol del cariño.
Si alguien lo observara con calma, descubriría que en su raíz no hay un apellido solemne ni una fecha antigua.
Hay una forma de vivir.
En la raíz está él.
Un hombre culto, curioso, trabajador incluso cuando ya no sería necesario, capaz de pasarse horas delante del ordenador aprendiendo cosas nuevas, gestionando sus asuntos, leyendo, escribiendo…
Porque escribe.
Y mucho.
Tiene un blog donde va dejando pensamientos, recuerdos, reflexiones, pequeñas piezas de cultura y, sobre todo, historias de la familia. Como quien va dejando migas para que nadie se pierda del todo con el paso del tiempo.
Y a veces, en mitad de una comida cualquiera, aparece el anuncio solemne:
“He escrito un poema.”
Y se hace un silencio.
Un silencio respetuoso… al principio. Un silencio menos respetuoso cuando ya vamos por la tercera estrofa. Y un silencio heroico cuando vamos por la cuarta.
Los poemas son preciosos. De verdad.
Aunque también son largos. Muy largos.
Pero nadie se levanta. Porque, en el fondo, todos sabemos que esos momentos son pequeños regalos disfrazados de paciencia…
Muy cerca de esa raíz, crece el tronco.
Ella.
Inquieta. Cariñosa. Atenta.
La persona que sabe antes que tú si estás bien o no.
La que pregunta. La que insiste. La que recuerda.
Mientras unos piensan qué hacer, ella ya lo ha hecho. Mientras alguien duda si puede ir a una comida, ella ya está preguntando qué va a llevar cada uno.
Si esta familia sigue viéndose tanto, no es casualidad.
Es un trabajo invisible.
Ella convierte cualquier domingo normal en plan. Cualquier comida sencilla en reunión. Cualquier excusa en un encuentro familiar.
Sin ella, este árbol existiría. Pero estaría bastante menos regado.
Del tronco salen las ramas.
Los hijos.
Un grupo peligrosamente bromista.
Cuando se juntan, el saludo dura unos cinco segundos. El vacile empieza inmediatamente después.
Historias exageradas. Versiones contradictorias del pasado.
Pullas cariñosas. Risas fáciles.
Cada uno con su estilo, pero todos con esa habilidad especial para generar ambiente.
Hay quien podría hablar horas de cualquier tema sin perder el hilo. Hay quien tiene una rapidez mental que obliga a los demás a espabilar. Hay quien aprendió pronto que la vida se afronta mejor con picardía. Y hay quien equilibra el ruido con bromas y cercanía.
Son distintos.
Pero se nota que vienen del mismo sitio.
Y luego están las ramas más jóvenes.
Los nietos.
Un grupo oficialmente caótico.
Muy de cachondeo. Muy competitivos. Especialmente cuando hay cartas, fichas o cualquier cosa que permita ganar.
No hace falta organizar nada.
Basta con sentarse alrededor de una mesa.
Empieza la partida. Empiezan las acusaciones. Empiezan las risas. Empiezan las sospechas bastante razonables.
A veces alguien hace trampas. A veces nadie lo admite. A veces da exactamente igual.
Porque aquí se compite fuerte. Se discute. Se vacila. Se exagera.
Pero se quiere más fuerte todavía. Mucho más fuerte.
Si alguien pierde, se le vacila. Si alguien gana, se vacila más.
Justicia poética.
En este árbol no hay ramas mejores que otras.
Aquí todos sostienen algo.
Unos sostienen el orden. Otros el caos. Otros el humor. Otros la calma.
Y, sorprendentemente, todo encaja.
No porque sea perfecto. Sino porque es real.
Si esta familia fuera una palabra, sería UNIDA.
Si fuera una imagen, sería una mesa larga, llena de platos, cartas, fichas, vasos medio vacíos y conversaciones cruzadas.
Y si fuera un sonido, sería esto:
Risas. Voces superpuestas. Comentarios cruzados.
Vida pasando.
Porque al final, un árbol genealógico explica de dónde vienes.
Pero el árbol del cariño explica algo mucho más importante:
por qué te quedas.
Por qué vuelves.
Por qué, aunque crezcas, aunque cambies, aunque la vida te lleve lejos, sabes que hay un lugar donde siempre serás exactamente el mismo de siempre.
Un lugar donde te sientas.
Te sirven comida.
Te preguntan qué tal estás.
Y te vacilan.
Que, en esta familia, es la forma más sincera de decir:
te queremos.
Y quizá ese sea el verdadero premio.
No el dinero. No el reconocimiento.
Sino haber nacido (o haber caído por suerte) en una familia donde el cariño no se proclama…
Se practica.
2º Brindis del Marino - Laura
2º Brindis del Marino - Laura
.- ¿Estamos todos?
- Estamos
- Cual caballeros
- Cumplimos
- Con los hombres
- Nos batimos
- Y a las mujeres
- Amamos
- Pero ante todo
- Bebamos, bebamos, bebamos
- ¿Bebió nuestro padre Adán?
- Bebió
-
- ¿y nuestra madre Eva?
- ¡Ah, cuán borracha era!
- El que bebe
- Se emborracha
- El que se emborracha
- Duerme
- El que duerme
- Sueña
- El que sueña
- No peca
- El que no peca
- Va al cielo
- Y puesto que al cielo vamos
- Bebamos, bebamos, bebamos
- Ah, líquido infernal
que te crías entre matas
y que al hombre más cabal
le haces andar a gatas!
Ah, sangre de Cristo,
cuánto tiempo ha que no te he visto
Y ahora que te veo
- ¡Lingotazo que t’arreo!
- Por ellas, por las más bellas.
Por las de culo ancho y boca estrecha.
Por las que queremos tener muy cerca.
Por las que buscan nuestros labios afanosamente
aunque estén llenas de telarañas.
Por las que nunca nos engañan,
- Por las botellas
- Cuando Dios llamó a Gabino
no dijo: Gabino ven,
sino: Ven - ga Vino.
¡Y si Dios borrachos nos mantiene
- Es porque nos conviene!
- Alcemos la copa
- Proa
Popa
Babor
Estribor
- Rumbo y a toda vela
- Arriba
Abajo
Al centro
y “pa” dentro
Seguro que este brindis os resulta familiar. Una reliquia familiar transmitida de generación en
generación, y que nuestro abuelo Agustín volvió a compartir con nosotros en su 90.º
cumpleaños, celebrado en abril de 2024. Aquella tarde no solo brindamos; también asistimos,
sin saberlo, a la renovación de un rito que nos recordó que ciertas tradiciones no envejecen.
Pero quizá, y como me ocurrió a mí, hasta hoy no conocíais el verdadero origen de su historia.
Este famoso brindis familiar no nació en un comedor ni en una sobremesa interminable, sino
que tiene raíces en una antigua tradición naval, nacida de una anécdota sobre un marinero
fanfarrón en una taberna portuaria. Cuentan que este marino despreciaba el agua (la
consideraba bebida para animales) y proclamaba con orgullo que la única bebida digna de un
verdadero hombre de mar era el vino, capaz de “calentar el cuerpo” tras la tormenta y de
“hermanar a la tripulación” en tierra firme. A continuación, os redacto el fragmento original
del que proviene nuestro brindis familiar.
En cierta ocasión….
un marinero, que tenía varias singladuras en el mar, le dice a su capitán:
- ¡Capitán!, ¡¡¡Capitán!!! ¿Cuándo atracamos Capitán?
El capitán ve fijamente al marinero y le dice:
- Esta noche atracamos marinero.
Esa noche el marinero se dirige a una taberna de puerto y le dice al tabernero:
- ¡Tabernero! Dadme de beber quiero embriagarme pues soy marino.
El tabernero al escuchar esas palabras presumidas piensa, y dice:
- Juguémosle una broma, sirvámosle una copa de agua. Pues este marinero
no ha de saber la diferencia del agua de vertiente y el verdadero ron
ardiente.
Le sirven la copa de agua y el marinero al darle el sorbo a la copa de agua escupe y
exclama:
- ¡Agua cristalina y pura,
vertiente de ranas y sapos,
lavadora de trastes y trapos!
¿Queréis que os beba yo?
...pues no,
porque escrito está en las santas leyes
que el agua se hizo para los bueyes;
las mujeres, las cervezas y los vinos finos
fueron hechos para nosotros los buenos marinos,
y Dios que es un cúmulo de bondad
y nosotros sus buenos muchachos,
ya que nos hiciste borrachos,
hágase señor tu voluntad:
- ¡Marinos! ¿Estamos todos?
- ¡Sí estamos!
- ¿Cómo caballeros cumplimos?
- ¡Sí cumplimos!
- ¿A las mujeres amamos?
- ¡No! Las adoramos
- ¿Hace cuánto tiempo que no tomamos?
- Hace uuu uuu uuuuuu
- Pues entonces, bebamos:
Misiles arriba,
torpedos abajo,
cañones al frente,
¡Fuegoooooooooo!
De babor a estribor,
de la proa a la popa,
de la quilla a la perilla,
al centro y adentro
El brindis, lejos de ser una simple anécdota tabernaria, fue adoptado por generaciones de
hombres de mar. Con el tiempo, se convirtió en tradición dentro de ambientes navales,
adaptándose a ceremonias y celebraciones. En la actualidad, en ciertos ámbitos de la Marina,
cuando un oficial contrae matrimonio, se realiza el gran brindis naval conocido como “La
Bomba”, resonando como apertura de honor del banquete nupcial. Pero, más allá de su origen
marinero, para nosotros este brindis es algo distinto. Es memoria compartida. Es infancia. Es
sobremesa interminable. Es la señal inequívoca de que estamos juntos.
Cada vez que alguien pregunta “¿Estamos todos?”, no solo se responde por cortesía. Se
responde por pertenencia. Y mientras alguien conserve la voz, aunque sea temblorosa, para
iniciarlo, el brindis seguirá navegando.
3º Infortunios y situaciones absurdas del día a día - Saúl
3º Infortunios y situaciones absurdas del día a día - Saúl
Hoy quiero hablar de las situaciones injustas y absurdas del día a día, esas que parecen pequeñas pero ponen de mal humor a cualquiera. Las ves en otro y te ríes, pero cuando las vives en primera persona sientes que el universo entero conspira contra ti.
Empecemos por los calcetines. Sí, esos pequeños traidores que desaparecen misteriosamente en la lavadora o deciden que llegó su momento. Mi madre siempre se enfada, y con razón. Pero nadie entiende que los calcetines tienen su propia vida, estoy seguro. Cada vez que se pierde es uno, es una tragedia digna de estudio, no llego a entender donde, como, ni por qué ocurrió. En mi caso, un calcetín no es una prenda, sino un superviviente, un héroe que vuelve a casa después de una batalla. El colmo es que siempre desaparece solo uno del par. Siempre se pierde uno de los dos. El otro está ahí para recordarte que eres un desastre. Tanto es así que mi madre tiene en su baño un tendedero con calcetines huérfanos esperando reencontrarse con su pareja, y no son pocos los que no lo hacen.
Y qué decir de la tostadora. Es increíble, no hay punto medio. Siempre quema un lado del pan, nunca falla. Parece que lo hace a propósito. Rara vez desayuno algo más que un café y un plátano, y cuando por fin llega el día en el que decido desayunar bien, da igual si pongo la tostadora al 1, al 2 o al 3, siempre se quema. Está es la razón principal por la que no suelo desayunar, aparte de por tiempos milimétricamente calculados para llegar a cualquier sitio justo de tiempo. Entre lo negra que queda la tostada, el mal humor y el tener que rasparla, ya sí que no me da tiempo.
Llegar a la puerta de casa y que no haya sitio para aparcar es otra maravilla. Después de todo el día fuera, lo único que quieres es llegar e irte a la cama, y te encuentras con tu sitio ocupado. Viviendo en las afueras, sin mucha gente, y está mi sito pillado. El hecho de aparcar toda la calle abajo y tener que subir una cuesta porque hay alguien en mi sitio de siempre, me cambia ese día. Pero no acaba ahí, el día siguiente también salgo afectado mentalmente, voy con prisas, salgo y me llevo el primer susto del día y lo primero que pienso es que han robado el coche, aunque luego ya me acuerdo que está abajo.
Siguiendo, están las llaves, mis enemigas más letales. Estas no solo se pierden, no solo se esconden… sino que tienen incluso la poca vergüenza de romperse cuando estoy abriendo la puerta. Debe de ser que estoy muy fuerte, que he estado algo perjudicado al llegar a casa o ambas. Porque no ha sido solo una llave la que se me ha roto así.
Se quedan ahí, clavadas, mirándote con desprecio mientras tu día entero se viene abajo. He perdido llaves de casa, llaves del coche, solo me faltan las del trabajo, que mucho me están durando. El de la ferretería, cuando entro, ya me saluda por nombre y apellido.
Abrir la puerta tampoco es tarea fácil. No es abrir la puerta cualquiera, no. Es abrirla sin perder el equilibrio mientras llevas mil cosas en las manos. Porque hacer dos viajes nunca es una opción. Y eso que aparco en la puerta de casa.
La mochila del gimnasio, la mochila de clase, el abrigo, las zapatillas, el pan… soy un auténtico malabarista. El Circo del Sol debería estudiar mi arte.
Y no puedo olvidar la tragedia de buscar algo justo antes de salir. Todo el día lo tuviste a la vista, pero justo en el momento clave desaparece. “Mamá, ¿has visto esto?”, “Papá, ¿me has cogido lo otro?”. Nada. No está en ningún lado. No tiene ningún sentido. Y encima siempre pasa cuando más estresado vas.
Salir a la calle tampoco trae tranquilidad. Ir en metro puede ser una prueba de paciencia, a pesar del poco uso que le doy. Sea la hora que sea, siempre hay alguien gritando por videollamada como si el vagón entero fuera su casa. Y encima te enseñan a su familiar que está en pijama tumbado en la cama, como si fuese tu primo. A las 7:30 de la mañana, cuando tu cuerpo pide aún seguir durmiendo y de camino a trabajar o a la universidad, aparece el flautista de turno o el cantante persiguiendo su sueño de fama mundial. Y tú eres el público involuntario de su primer concierto oficial.
El gimnasio, otra prueba de valor. Todo el día mentalizándome. Llegas y está lleno. Más colas que en la M-30. Total, que me voy antes de empezar. Hay días en los que ni siquiera consigo aparcar, y eso ya me parece un cachondeo. El de la entrada del parking debe pensar que voy ahí solo a saludarle o a ducharme. Aunque ni eso, porque no duro ni cinco minutos.
Y luego están las llamadas del extranjero. Veinte números de diferentes países cada semana. Grecia, Nigeria, Holanda, Sudáfrica… siempre justo cuando busco un momento de paz. Y siempre coincide cuando estoy echando currículums, pensando que por fin me llaman para trabajar. Pero no, son los de siempre. Me generan falsas esperanzas.
Casi por terminar, están las derrotas personales, las psicológicas. Esas que pierdes contra ti mismo. Como cuando se te cae algo al suelo, algo pequeño, algo ligero, algo que claramente podrías recoger sin problema. Te agachas y fallas, lo rozas, se mueve o se desliza. Tú ya te estabas incorporando por inercia. Te hunde. Te vuelves a agachar y lo coges, sí pero a qué precio, ese segundo agachamiento duele más que el primero. No físicamente, sino moralmente. Ya no es un accidente, es una humillación de tu propio subconsciente, a pesar de que no haya nadie mirándolo.
Y por último, el drama de las pipas. Estás tranquilo, viendo la tele. Abres una. Perfecta. Abres otra. Bien. Y de repente…una pocha. Esto es molesto, pero puede pasar. Ahora; como te toquen dos seguidas, dos seguidas ya no es casualidad. Empiezas a sospechar de la señora de la plaza que te ofreció la rosa y la rechazaste con prisas. Algo te ha echado. Miras la bolsa con desconfianza. ¿Cuántas más quedarán esperando, para arruinar tu paz? Ese momento dudas si seguir comiendo o abandonar la bolsa para siempre… eso te marca.
INFORTUNIOS Y SITUACIONES ABSURDAS DEL DÍA A DÍA
Entre calcetines desaparecidos, llaves traidoras, tostadoras conspiradoras, aparcamientos imposibles, conciertos no solicitados en el metro, gimnasios inalcanzables, llamadas internacionales y pipas malditas, la vida cotidiana se convierte en infortunio de pequeñas derrotas, cada una más innecesaria que la anterior.
Y lo peor es que volverá a pasar. Volveré a perder un calcetín, volveré al gimnasio lleno, a comerme una pipa pocha o a perder unas llaves… Pero seguiré ahí, siendo optimista, porque al final no hay mal que por bien no venga.
4º Premio Nitsuga II - Claudia
Me encuentro frente a la pantalla de mi ordenador, en blanco, mirando el cursor parpadear como si estuviera expectante de la siguiente tontería que voy a escribir. Mi abuelo organizó un concurso de relatos familiares y, claro, todos mis primos están ahí, intentando escribir el relato ganador que conquiste el favor de los abuelos y, de paso, despierte un poco de envidia entre los demás primos. Cada uno saca su faceta más artística, tratando de escribir cosas que suenan profundas y conmovedoras, pero probablemente no lo son. Y yo… yo no tengo ni una sola idea. Ni una mínima chispa de inspiración.
Primero intenté tomarlo en serio: café, música inspiradora, borradores por todas partes. Cada taza de café parecía prometer ideas brillantes que nunca llegaban. Después intenté buscar ideas en internet: relatos de otros concursos, chistes, listas de frases famosas… cualquier cosa que pudiera servir de chispa. Pero la página seguía en blanco. Me costó pensar en algo para el primer concurso y ahora la historia vuelve a empezar de cero, otra vez.
Mis primos tampoco están mejor. Los imagino a todos en el último momento, arrastrando sus ideas como quien intenta exprimir jugo de una naranja seca. Todos estamos atrapados entre la idea de hacer algo genial y la cruda realidad de no tener ni una sola idea coherente.
Mi abuelo dice que la idea del certamen es para mantener viva nuestra creatividad y fomentar la cultura, que se está perdiendo en la juventud. Reflexionando sobre la situación debe ser cierto pues por más que lo intento, no se me ocurre ningún cuento digno de presentar.
Me levanto a dar una vuelta por la cocina, pensando que caminar ayuda a pensar. Miro la nevera, considerando seriamente si los yogures podrían darme alguna inspiración literaria. La tostadora tampoco tiene respuestas. Camino por el pasillo, imaginando que soy un gran escritor con un montón de ideas esperando convencer a mi subconsciente, y vuelvo al ordenador con la esperanza de que esta vez, finalmente, algo surja.
Intento escribir algo, cualquier cosa, y termino describiendo cómo el cursor parpadea. ¿Quién diría que un cursor podía ser tan dramático? Cada idea que intento se desvanece, se contradice o suena ridícula. Imagino narrar la historia de un abuelo que organiza concursos imposibles y de nietos desesperados que harían cualquier cosa por ganar, desde textos sentimentales para ganar el favor de los abuelos, hasta manuales que revelan todos los secretos de la familia.
Trato de escribir un cuento con una historia épica pero cada frase que escribo me hace reír por lo absurdo de la situación, y no puedo evitar pensar que mis primos probablemente están experimentando exactamente lo mismo, con sus propios suspiros exagerados y páginas en blanco esperando a ser escritas.
Intento distraerme un poco mirando alrededor: la lámpara parpadeante, el corcho colgado en la pared, los libros que de poco ayuda me están sirviendo en este momento... Cada objeto cotidiano se convierte en un potencial punto de partida para la historia, pero nada parece funcionar. Entonces decido rendirme un poco: escribo cualquier cosa que salga. Una historia sobre un abuelo organizador de concursos imposibles, nietos sin inspiración y páginas en blanco. No tiene sentido, no es épico, pero al menos me estoy divirtiendo mientras lo escribo.
Y así seguiremos para el próximo concurso. Todos, como siempre, en el último momento, compartiendo la misma desesperación silenciosa: mis abuelos impacientes porque nadie ha entregado aún sus relatos, la comida del fin de semana que se acerca y el miedo absurdo de que si no inventamos algo genial, todo saldrá mal. Todos terminaremos escribiendo algo ridículo, nos reiremos de ello después. Pero, al final, lo importante es participar y disfrutar de la comida con la familia, aunque sea en medio de esta absurda guerra de la inspiración literaria.
Finalmente he conseguido escribir algo, no es una historia conmovedora ni una anécdota familiar, sino más bien una reflexión sobre mi poca creatividad. Pero no pasa nada porque así me guardo más ideas para el próximo concurso y me aseguro ganar ;).
Al final, cierro el ordenador y respiro hondo. No importa si mi relato es un desastre o una obra maestra secreta: lo divertido está en intentarlo, en ver cómo todos nos debatimos con la página en blanco, y en saber que pronto vendrá la comida y las bromas inevitables de los abuelos sobre nuestra “creatividad”. Quizá el verdadero premio del concurso sea simplemente ver cómo cada uno hace lo posible por sobrevivir a esta prueba de habilidad.
4º El campeador - Andrea
El grito de un hombre me devolvió al presente, dejando atrás todos aquellos recuerdos que parecían empeñados en seguir regresando.
—¡Por la sangre de Dios, que vuestra próxima bota será de agua de río si no pagáis lo que debéis! —avisaba el tabernero a un hombre que apenas lograba sostenerse mientras rebuscaba en su morral un par de feluses con los que poder pagar.
No debí de haber divagando demasiado tiempo. Las brasas aún iluminaban el alfarje de la posada, dando ciertos tonos rojizos a las vigas ennegrecidas. El aire, continuaba cargado de vino agrio y sudor viejo, pegándose a la garganta con cada respiración.
Allí me encontraba; a mi izquierda, un anciano dormitaba abrazado a su laúd. Frente a mí, un grupo de soldados se alzaba y brindaba al canto de «Por todas ellas, bebamos, bebamos, bebamos», y caían de nuevo en sus asientos entre risas y palmetazos en la espada, como gesto de aprobación entre la camaradería.
Fue entonces cuando la puerta se abrió y en aquella escena entró un hombre que, sin ser el más alto ni el más imponente, llamó la atención de los que en el salón nos encontrábamos.
—¡Prestad atención, buenas gentes! Acercad vuestras banquetas, afinad vuestro oído y conceded, a este humilde juglar, el honor de relataros una historia digna de ser recordada.
El narrador sonrió con la picardía y seguridad que sólo con los años y la experiencia puedes alcanzar.
—Hablaré de un caballero cuyo nombre aún resuena en los campos de batalla. De un hombre, tan temido por sus enemigos, que incluso su caballo, Babieca, y su espada, Tizona, son recordados con mayor reverencia que la que obtendrán muchos nobles y reyes.
Un murmullo recorrió la sala.
El juglar paseó lentamente entre las mesas, captando la atención de la sala, midiendo a su público. Al cruzarse con el anciano del laúd, le propinó un leve puntapié que, a pesar del sobresalto, bastó para que la música empezara a tocar.
Seguro de haber realizado las adecuadas presentaciones, prosiguió:
—Decidme… ¿quién de vosotros no ha oído hablar del Príncipe Rodrigo el Campeador?.
Apenas unos segundos fueron necesarios para que todos comprendieran la fuerza del nombre que había sido pronunciado. Los mercenarios se enderezaron en sus asientos y los comensales cesaron su masticar. El tabernero soltó el trapo mugriento con el que limpiaba una jarra de barro y se apostó contra el machón que flanqueaba el tablón de la barra. La gente se amontonó alrededor del músico, reclamando continuara el relato con su mirada.
—Corrían tiempos de batalla en tierras sorianas cuando la fortaleza de Gormaz, bajo la frágil protección de Al Qadir, fue atacada. No por extranjeros, no, señores… sino por hombres de origen andalusí, guiados por el infame García Ordóñez, que conspiraba para adentrarse en el Reino de Toledo.
La taberna entera entró en cólera.
—¡Traidor! —se oyó entre abucheos.
—Bien sabéis que nuestro Campeador, armado de valor y coraje, y sin esperar mandato real alguno, persiguió hasta las fronteras a los perjuros. Fue en Cabra, entre hombres caídos y sangre derramada, donde García Ordóñez fue llevado ante él.
El juglar carraspeó y, con voz grave y solemne, pronunció:
—«Soy Don Rodrigo Díaz de Vivar, Alférez real en la corte del verdadero rey, Sancho II. A mi mando marchan hombres leales, que juraron servir fielmente a la corona. Hoy sus espadas se alzan firmes por otro juramento, el que han hecho ante mi para jurar venganza. A cambio, yo juré encontrarte y una vez postrado ante mis pies, obligarte a suplicar clemencia».
Aquellas palabras consiguieron lo que hacía tiempo no se lograba en la taberna: un silencio tan profundo que hasta el viento pareció contenerse en el golpeteo de las contraventanas.
—«El momento ha llegado y yo me hallo sorprendido de descubrir una naturaleza que ante el mismísimo Dios hubiera negado albergar. Hoy, García, no será a mí a quien debas suplicar clemencia. Hoy, la tendrás que esperar del cielo». — Y pronunciadas estas palabras, como si de sus propias últimas se tratara, el Cid alzó su espada y, con un feroz movimiento, separó la cabeza de «el Crespo» de su cuerpo.
Apenas estas palabras fueron pronunciadas, la taberna estalló en un rugido de entusiasmo. Palmas golpearon la madera, el metal de los cubiertos convirtió a los platos en tambores improvisados y los gritos celebraron la historia que había sido narrada. El juglar aguardó un instante, saboreando el momento. Entonces entendió que su cometido había terminado, por lo que añadió:
—Señores, la historia ha llegado a su fin. Si fue de su agrado, os solicito un buen trago, pues mis pulmones he desinflado para conseguir ese dulce regalo.
Así comenzó su lento recorrido entre las mesas, extendiendo su sombrero con el mismo tiento con que el monaguillo pasa el cestillo entre los fieles.
Cuando llegó hasta donde yo estaba, imploró acercando su sombrero, el cual había recogido apenas unas monedas:
—Mi señor, ¿una moneda para que este pobre diablo pueda hoy cenar algo?
Abrí mi escarcela y, sintiendo el frío tintineo de las monedas de plata, extraje un puñado sin contar y dejé caer las monedas en su sombrero. El sonido del metal pareció retenerlo un instante más de lo habitual.
—¡Alabado sea el Santo que os guía la mano! Por tales monedas, señor, os compondría un cantar que haría llorar de envidia al mismísimo Rey Alfonso.
Le ofrecí mi mejor mueca y saqué un puñado más de monedas.
—Me encamino hacia los muros de Valencia —sentencié, incorporándome para ajustar mi capa y salir—. Es mi destino rescatarla del poder sarraceno, tal como hice en las tierras de Gormaz. Preciso de un nombre digno de mi victoria. Estas monedas que os entrego, juglar, son el precio por el sobrenombre que con buen ingenio me habéis otorgado en vuestra gesta.
Ignoré la expresión de asombro del músico mientras murmuraba con asombro «…el mío Cid» y me dirigí hacia la pesada puerta, que cedió tras un empujón seco.
El aire del exterior era gélido.
De un salto monté sobre Babieca, que, sin orden ni espuelas, enfiló la ruta hacia el levante, como si conociera de antemano el destino que nos aguardaba.
- 4º Símbolo Al: El metal que cambió el mundo - Mario
Había una vez, en las profundidades de la Tierra, un mineral llamado bauxita que soñaba con convertirse en algo extraordinario. Cada día veía cómo otros minerales se transformaban en joyas, herramientas o máquinas, pero él seguía allí, rojizo, polvoriento y aparentemente común.
Un día, un grupo de ingenieros llegó a la montaña y comenzó a estudiar las rocas. Cuando descubrieron la bauxita, uno de ellos exclamó:
—¡Aquí tenemos el material perfecto! Ligero, resistente y muy versátil. Este mineral tiene un gran futuro.
La bauxita, que escuchaba en silencio, no podía creerlo. ¿Yo? ¿Especial?
Los ingenieros se lo llevaron y lo sometieron a un proceso llamado electrólisis, y así nació el aluminio, brillante como la luna y sorprendentemente ligero.
El nuevo metal se vio reflejado por primera vez en su propio resplandor y pensó: “Quizá sí estoy destinado a algo grande”
En poco tiempo, el aluminio empezó a transformarse en todo tipo de objetos cotidianos. Pero él sentía que su verdadera fuerza aún estaba por descubrirse. Quería ser el motor del cambio, y los componentes del paso al futuro.
Hasta que un día, unos ingenieros industriales y grandes arquitectos lo eligieron.
Eres la pieza clave, le dijeron.
Eres ligero para que los coches eléctricos lleguen más lejos protegiendo sus baterías con tu resistencia, y eres lo suficientemente fuerte para sostener las fachadas de los rascacielos más altos. Y así, el aluminio fue moldeado con precisión.
Una parte de él se convirtió en la armadura que protegía la energía de los nuevos vehículos eléctricos, permitiéndoles recorrer kilómetros sin hacer ruido y limpiando el aire de las ciudades. Por otro lado, otra parte se transformó en las vigas de un edificio de cristal que desafiaba a las nubes.
Con el paso del tiempo y la gran acogida de la gente, aquel mineral vio cómo su destino había cambiado para siempre y ya no era una piedra en la oscuridad, ahora era un gran metal con número atómico 13 con simbolo “Al” que entre otras cosas se ha convertido en el corazón de los coches y en la protección de estos.
Desde entonces, cuando mira hacia atrás y recuerda su origen humilde, el aluminio sonríe con seguridad y piensa: “No soy solo un metal; voy más allá del horizonte, creando nuestro camino, siempre un paso por delante en el futuro de la movilidad"
Símbolo Al: El Metal que Cambió el Mundo
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